El jueves pasado mi maestra de Danza contemporànea nos decìa que hay que bailar con la emociòn. Sí, sí, claro, eso lo dicen todos, pero ella lo dice de verdad; está convencida. Agrega que sabe que no es fàcil y que la dificultad no radica en llevar nuestros sentimientos hacia la danza, sino saber lidiar con ellos.
Porque no es fàcil enfrentarse a esas emociones que nos mueven, que nos duelen, que nos hacen daño, pero es una gran verdad que la diferencia entre lo que se proyecta al bailar solo por bailar y al hacerlo cargando a cuestas nuestras emociones es grande. Se puede notar.
Pues el jueves, en lo que estábamos bailando, la emoción buscada era la desesperaciòn por liberarme de un sentimiento que no me deja, por quitarme de encima eso que no me permite avanzar y que me atora, por arrancarme, aunque me duela, todo eso que cargo a cuestas y que hace difícil mi anda. De hecho el baile es físicamente así; empieza lento, por el peso de aquello de lo que quiero deshacerme, y me desespero porque aunque deseo pensar en otra cosa es algo permanente y entonces es cuando, por medio del movimiento, quisiera salirme de mi misma para ya no habitar este cuerpo herido, esta mente confundida, como si librara una lucha conmigo misma, entre mi instinto natural de supervivencia y mi angustia mental. Y al final, cuando logro quitármelo, abandonarlo, dejarlo, caminar hacia atràs mirando como lo dejo ahí tirado, a ese sentimiento inútil que por meses ha estado destruyéndome; me voy orgullosa de haber podido ganar mi lucha y zafarme... Bueno, eso en el baile. Y entonces el jueves me adentro en este discurso corporal, y me concentro, y comienzo a luchar la batalla verdadera, y traigo a mi presente, mi pasado. Y de verdad lucho y de verdad quiero dejarlo atrás y de verdad quiero salirme de la piel que él tocò y no permitirle màs habitar en mi mente.
Y entonces me dan ganas de llorar, y lloro, porque soy de esas personas que casi nunca lloran, pero que cuando quieren hacerlo no se aguantan. Y es increíble la diferencia que esos sentimientos le aportan a mi danza, porque de pronto, justo cuando menos me importa lo que mi cuerpo transmite pues estoy concentrada en luchar contra mis emociones, en ese momento es cuando mas conecto, cuando más se nota, cuando màs quien me ve siente que eso es lo que quiero decir.
Y Graciela tiene razón... es muy difícil traer nuestra propia vida a la danza, pero es la ùnica manera de dotarla de vida....
Nunca había sufrido tanto bailando, pero nunca me había sentido tan bien al terminar.
6/10/08
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