Mi vida de diario a veces no sabe que existes. Me lleva de acá para allá, a veces tan rápido que no me doy cuenta. Me pone en un aula fría en las mañanas; a esa hora donde la noche se empieza a escurrir del cielo, me lleva a un cubículo frío por las tardes y hacia una habitación fría por las noches. Y aun con el frío que suelo tener y sabiendo que mi cintura tiene la medida de tus brazos tibios, mi vida no recuerda que existes.
Pero a veces, cuando me lleva al saloncito de pizarron amarillo, los dibujos de cuerdas que lo cubren de arriba a abajo me hacen pensar en la pasión intrínseca y contagiosa que algunos tienen por la música, en ese momento descubro que existes. Existes y suenas a los acordes del pizarron, te ves como mis dedos intentan, sabes al clima tibio que se acumula por la puerta cerrada, hueles a la madera que tengo entre manos y te sientes como el impulso eléctrico que me recorre la espalda.
Y sé, sin querer saberlo, que tu vida en ese momento no sabe que yo existo, que te esta llevando de la mano por esa avenida larga que separa las charlas usuales de tus mañanas y ese otro mundo donde piensas que las personas flotan, al menos un poquito. Y yo sin saber, supongo... Mientras intento no pensar en el dolor que comienza en la punta de mis dedos, supongo que tu estarás por allá maravillandote de las historias que puede tejer la ciencia y que de pronto tu vida se va a descuidar de su tarea de ignorarme y te vas a dar cuenta de quién soy.. y vas a querer conocerme.
No lo se... lo supongo.
No lo se... lo supongo.
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